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  • Los Angeles, 29 de mayo

    Los Angeles, 29 de mayo

    La Fragata se preparaba para zarpar y en el aire se respiraba una mezcla de emociones. Los cinco días en California habían pasado como un sueño. Odiseo tenía la sensación de que apenas había comenzado a entender cómo era la vida en ese rincón del mundo. 

    Mientras la Fragata esperaba la llegada del embajador argentino, el muelle se llenó con una multitud que venía a despedirse. Odiseo se despidió de Judy, mientras que en su mente aún resonaba su pedido, de que regresara a California.  

    Finalmente, dieron la orden de partir y  las amarras se soltaron. La multitud saludaba y aplaudía, en un ambiente festivo que contrastaba con la tristeza que sentía en su corazón. 

    Se dieron tres hurras por los Estados Unidos, como gesto de gratitud hacia el país que los había recibido. Luego sonaron los acordes de la Marcha de la Libertad, símbolo de la lucha contra la tiranía.

    Se izaron las gavias altas y el resto de las velas y Long Beach fue quedando atrás. El espectáculo continuaba, porque veleros y lanchas la acompañaban y giraban a su alrededor.

    Iniciaban la navegación hacia Honolulu, a 2.600 millas náuticas de distancia. El Pacífico los recibía con toda con su inmensidad.

    Mientras el viento llevaba la fragata hacia el oeste, Odiseo sintió cómo su espíritu de marino, se encendía nuevamente.

  • Los Angeles, 28 de mayo

     

    Odiseo despertó en su último día en California con el corazón lleno de expectativas. La mañana se presentaba radiante y decidió aprovecharla para dirigirse al Naval Exchange, una tienda dentro de la Base Naval.
    Por la tarde, junto a su amigo Norberto, recorrieron el centro de Los Ángeles. La ciudad se alzaba ante ellos con sus edificios blancos y rascacielos que se perdían en las alturas. La modernidad se encontraba a vuelta de cada esquina, donde la Universidad de California (UCLA) parecía un monumento al conocimiento.
    Al regresar, se encontró que la Fragata estaba invadida por una multitud de visitantes. A las siete de la tarde, mientras buscaba a Judy por la popa, ella apareció por la planchada de proa. Así eran sus encuentros: inesperados pero cálidos. Esta vez, llegó a bordo de un Chevy 65 descapotable, un auto que parecía sacado de una película antigua. Con una sonrisa radiante, ella lo invitó a la marina donde tenía su bote. Sin dudarlo, él aceptó, emocionado.
    Una vez a bordo del barco de Judy, la música los envolvió, mientras las bebidas refrescaban sus cuerpos. De repente, Odiseo se sintió inmerso en el estilo de vida americano; la experiencia era tan surrealista que se preguntaba si no estaría soñando. Las palabras fluían entre ellos con naturalidad; el idioma no era un obstáculo para que sus corazones latieran al unísono. Cada risa y cada mirada cómplice los acercaba, sin límite.
    Judy compartía sus sueños mientras Odiseo le relataba su vida en Buenos Aires. El océano que los separaba, desaparecía en ese instante, como si fuera un milagro. Se había iniciado una relación, que continuaría a través del tiempo, incluso después de su regreso al pais.
    Esa era su última noche en Los Ángeles, él se durmió mientras su corazón latía agitadamente, pensando que su experiencia iba a trascender en su vida.

     

  • Los Angeles, 27 de mayo

    Despues de dedicarse a las tareas de rutina de abordo, Odiseo se preparó para concurrir a la recepción que ofrecería la Armada Americana a bordo del buque Topeka. 

    La mesa estaba dispuesta con una cena ligera, que aunque agradable, era solo un preludio de lo que estaba por venir. En en el Club de Oficiales, dentro de la base, lo esperaba la verdadera fiesta. Allí, en medio de charlas, Odiseo conoció a Judy. Era una joven americana, encantadora, con rulos que caían en cascada sobre sus hombros y unos ojos que brillaban como estrellas. Puso a prueba, su conocimiento más teórico que práctico del inglés que había aprendido y las palabras fluyeron entre ellos con una naturalidad sorprendente. Ella parecía adivinar cada frase que él pronunciaba, con una amabilidad que desarmaba cualquier torpeza idiomática, de su parte.

    Después de compartir historias y miradas cómplices, Odiseo invitó a Judy a conocer la Fragata Libertad, su hogar. Deseaba no sólo, mostrarle el barco, sino también que ambos se conocieran un poco más. La respuesta de Judy fue una sonrisa radiante que iluminó su corazón.

    El encuentro se extendió hasta bien entrada la medianoche, luego concurrieron hasta un rincón escondido de Long Beach, donde compartieron algo que podría llamarse pizza; una bocado simple pero, perfecto para sellar la noche.

    A su regreso a la Fragata, estaba exhausto pero al mismo tiempo, feliz por cada instante vivido.

  • Los Angeles, 24 de mayo

    Después de haber capeado un fuerte temporal, que azotó a la Fragata, durante las últimas 24 horas con vientos de proa que superaron los 30 nudos, ahora navegaba en aguas tranquilas, aproximándose a su destino la Ciudad de Los Angeles.
     
    En el horizonte se podía ver un grupo de tareas americano que había salido del puerto, compuesto por un portaviones, cinco destructores y tres fragatas antisubmarinas.

    Dentro de la bahía San Pedro, el aire se impregnó con el olor a pólvora de las 21 salvas de cañón que avisaban nuestra llegada y que fueron respondidas de inmediato por nuestros anfitriones.

    La Fragata continuó avanzanado hacia el muelle de Long Beach, mientras que Odiseo no salía de su asombro al ver la gran cantidad de buques de guerra que estaban amarrados
    , uno al lado del otro, entre ellos: tres portaaviones, varios cruceros y una multitud de destructores y fragatas de menor desplazamiento.
     
    La Libertad, bella y esbelta, se amarró y tendió sus dos planchadas para conectarse con la tierra.

    No tardó mucho en organizarse las visitas de los guardiamarinas, Odiseo se incorporó al grupo cuyo destino sería el “Aquarium Marineland”, ubicado en la península de Palos Verdes.

    Allí, se encontró frente a un gigantesco tanque de agua salada, de 30 metros de profundidad, que exhibía a través de sus gruesas paredes de cristal, la vida acuática que se desarrollaba en sus entrañas. La fauna marina se había adaptado al entorno artificial especialmente cuidado, cual si fuera un zoológico acuático, donde se destacaban grandes tortugas marinas y corpulentos meros.

    El programa continuó en el “Round Tank”, para asistir al show de  la orca Corky que saltaba con gracia a varios metros de altura. Los entrenadores dirigían sus movimientos como si fueran parte de una coreografía perfectamente ensayada. Al final del espectáculo, Corky fue recompensada con pescados frescos y con el aplauso del  público

    Los delfines, luego demostraban su agilidad e inteligencia, realizando saltos acrobáticos a través de aros metálicos, para el deleite del público..

    Al caer la tarde, Odiseo ya de regreso en su hogar flotante  estaba exhausto y satisfecho al mismo tiempo, de haber conocido ese rincón de California.