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  • Acapulco 17 de mayo

    Acapulco 17 de mayo

    Era el día de decirle adiós a Acapulco y Odiseo cerraba este capítulo con melancolía. En el muelle, una multitud se había congregado, para despedir la Fragata, demostrando la calidez del pueblo mejicano. Una banda de mariachis, con trajes coloridos y sombreros típicos, cantaban alegres rancheras.

    Cuando la Fragata ya se encontraba en alta mar, se llevó a cabo una ceremonia en popa para conmemorar el Día de la Armada, un homenaje al heroico combate de Montevideo que culminó el 17 de mayo de 1814. Odiseo escuchó con atención las palabras que recordaban cómo el Almirante Brown había enfrentado con éxito, a la Escuadra Española, con su reducida flotilla patriota.

    Aquel hecho histórico, eliminó las amenazas que podían venir del mar y permitió al General San Martín, que emprendiera con tranquilidad, el cruce de los Andes, para enfrentarse al ejército imperial en Chile y en Perú. Luego Simón Bolívar continuaría con la campaña militar, liberando los territorios de Colombia y Venezuela del yugo del reinado español.

    La falta de viento, especialmente los habituales alisios de la zona, obligó a encender el motor de la fragata para navegar con hélice, en lugar de velas, hacia al norte. El próximo destino sería los Estados Unidos.

  • Acapulco 16 de mayo

    Acapulco 16 de mayo

    Odiseo se despertó lleno de expectativas. A las once de la mañana, ya estaba armado el grupo de buceo, compuesto por sus amigos Carlos B., Manuel I. y el Sapo R. Juntos partieron hacia un muelle, no muy lejano, donde les esperaba el “Tintavento”, un viejo velero de madera de unos 40 pies. A pesar de sus años, la embarcación llamaba la atención por el color rosa de su casco.

    Mientras el “Tintavento” se movia suavemente, navegaron hacia el noreste. El “gitano” era su guia y les impartía instrucciones sobre el uso del equipo de buceo, entre citas divertidas.

    Al llegar a su destino, fondearon sobre el casco de un buque hundido, el “Río de la Plata”. Odiseo escuchó con atención la historia de ese naufragio: había sido un vapor de 120 metros de eslora, capitaneado por un argentino que había encontrado su final trágico en agosto de 1944.  Había sido perseguido por buques de guerra americanos porque transportaba y escondía a tres oficiales nazis; un pasado oscuro que ahora reposaba en las profundidades del océano.

    Con el tubo de oxígeno ajustado a su espalda, Odiseo descendió utilizando el cabo de cáñamo que lo guiaba hacia el misterioso barco hundido. Aunque la inmersión era simple, no dejaba de ser un reto personal llegar a los 20 metros de profundidad. Comenzó a nadar persiguiendo peces multicolores que estaban a su alrededor.

    Se dejó llevar por la fascinación y el misterio que lo rodeaba, por un tiempo, Luego se dió cuenta de que había perdido de vista a sus compañeros. Por eso decidió regresar. Con determinación, ascendió lentamente hacia la superficie donde pudo observar las burbujas que escapaban de su equipo mientras sus pulmones se descomprimíany nadó hacia el “Tintavento”.

    A bordo del barco de casco rosa, lo esperaban unos deliciosos “cayos” condimentados al estilo mexicano, que compartió con sus compañeros de aventura.

  • Acapulco 15 de mayo

    Acapulco 15 de mayo

    El sol brillaba sobre las aguas cristalinas de la Bahía de Santa Lucia y prometía ser un día de aventuras en el mar. Sin embargo, despues de llegar al muelle, el destino cambió el plan de Odiseo de sumergirse en el océano y el buceo quedó postergadodo para el día siguiente. 

    Con sus amigos Chango y Norberto se dirigieron hacia el Hotel El Cairo, donde tenían reservada una habitación. Al llegar, el aire acondicionado fue un alivio ante el caluroso día. Desde su ventanal se veía la entrada de la bahía y la espectacular pileta de natación.

    Conforme la tarde avanzó, Odiseo y sus compañeros regresaron a la Fragata. Durante la cena el ambiente a bordo era festivo; y se compartían anécdotas de todo tipo.

    Luego el grupo se dirigió al Tequila Gogo Club. Al cruzar sus puertas, un mundo vibrante los envolvió; mientras que en un escenario de luces brillantes una joven bailaba al ritmo del “shake”, la danza de moda entre los turistas americanos.

  • Acapulco, 14 de mayo

    Odiseo despertó en la madrugada, cuando el reloj marcaba las 4:00 AM. La Fragata Libertad se mecía en las aguas mientras se mantenía aferrada al fondo con su ancla. Asumió la guardia en el puente de navegación,  cuando las luces de Acapulco todavía se reflejaban sobre la superficie del mar. Tomó azimut, o ángulos para verificar la posición del buque. 
    A medida que el sol ascendía en el horizonte, sus expectativas sobre Acapulco, iban creciendo. 
    A las 10:00 de la mañana, la Fragata se dirigió al muelle asignado. Era un muelle comercial repleto de contenedores, no era el militar que se esperaba. 
    Se organizaron dos grupos con distintas actividades. Uno que viajaría a la Ciudad de México y el segundo que era el suyo,  permanecería en Acapulco.
     Luego desembarcó junto con sus compañeros Chango y Norberto y se encaminaron hacia la ciudad. Caminaron por la Avenida Alemán y luego por el centro, donde fueron testigos de una realidad conmovedora. En cada esquina había mendigos, las calles carecían de aceras y la pobreza era palpable. A pesar de ello, percibió la calidez humana en la gente. No se sintió extraño en esa tierra; sino más bien invitado a compartir la belleza natural del lugar. 
    Luego, tomaron un “bus”, que era una especie de camión de recorrido local, que los llevó hacia la zona turística. Allí fue Sanchez, un compañero contador, quien le sugirió alquilar un Jeep para explorar el lugar. Sin dudarlo, el grupo decidió compartir gastos y pronto partieron en caravana hacia Puerto Márquez. El paisaje se transformaba ante sus ojos; aparecían playas paradisíacas y hoteles cubiertos de exhuberantes palmeras, mientras recorrían la bahia.
    El grupo se instaló en uno de esos hoteles, cuya habitación había sido previamente reservada. Allí disfrutaron de la pileta, del sol y del mar, mientras bebían cocos frescos.
    Al caer la tarde, regresaron a bordo y se preparon para partir hacia una noche que sugería nuevas aventuras. Se dirigieron a la confitería AKVITIKI, ubicada junto al mar. El ritmo contagioso de la música invadía el ambiente donde había un acuario. No dudaron en sumarse a la fiesta.
  • Acapulco, 13 de mayo

    La salida del sol lo sorprendía a Odiseo, cubriendo la guardia en el puente de navegación, mientras se iluminaban las aguas de la Bahia de Acapulco, como si fueran un espejo.

    A medida que la fragata se acercaba al puerto, el estruendo de las 21 salvas de saludo resonó en el aire, despertando a la Base Naval Mexicana quien no tardó en responder con otras tantas. 

    Odiseo observaba cómo una tortuga marina emergía entre las aguas cristalinas y también la aleta movediza de un tiburón, como si la naturaleza misma les estuviera dando la bienvenida. 

    Al llegar al fondeadero en el medio de la bahía, se encontró rodeado de modernos hoteles que se extendían a lo largo de la playa, entre frondosas palmeras.

    La Fragata había despertado la curiosidad de yates y lanchas deportivas que giraban a su alrededor, mientras sus tripulaciones preguntaban con curiosidad, desde donde veníamos. 

    A la tarde, el embajador argentino Silvano Santunez subió a bordo, para darles la bienvenida y también hizo lo mismo un Almirante mexicano, que era el Comandante del Octavo Distrito Naval.

    Conforme el sol se ocultaba en el horizonte, las guirnaldas del buque, que iban de un mastil a otro, comenzaban a brillar como estrellas en el firmamento y producían una visión mágica sobre las aguas de la bahía. 

    Con la expectativa de pisar el suelo mejicano al día siguiente, finalizó esa jornada. 

  • La partida, 26 de marzo 1965

    La partida, 26 de marzo 1965

    El día más esperado durante años había llegado, por que Odiseo estaba a punto de iniciar el viaje de instrucción, durante el último año de estudios, antes de recibirse de Guardiamarina. Cinco años habían transcurrido desde que había iniciado aquel arduo camino y recordaba aquel 2 de febrero de 1960, cuando cruzó las puertas de la Escuela Naval. Lo hizo junto a un grupo de jóvenes entusiastas, ilusionados en convertirse en marinos y que en ese momento, estaban tan ansiosos como él por el viaje que emprenderían.
    Si bien ya había navegado, sus conocimientos eran más teóricos que prácticos y ahora había llegado el momento de experimentarlos y de desempeñarse como oficial. Varias eran las facetas que debía atender de la vida a bordo como por ejemplo: realizar guardias de navegación, guardias de cubierta, cálculos astronómicos de posición, operar las maquinarias que residen en las entrañas del buque, participar en las maniobras del velas, conducir al personal y cursar las últimas materias de la Escuela Naval, como meteorología y otras.
    Haría el viaje en la “Fragata Libertad”. Era gran velero, que además contaba con una hélice de propulsión mecánica y que fuera concebido para adiestrar a los cadetes del último año de la Escuela Naval.
    La Fragata Libertad fue construida en 1.960 como sucesora de la Fragata Sarmiento, era un coloso de acero con cubierta de madera, de 3.700 toneladas, cien metros de eslora y tres mástiles que llegaban a los cincuenta metros de altura. Con su velas desplegadas, alcanzaba una velocidad de hasta 13 nudos, con buen viento.
    La fragata, tanto en el muelle como en el mar constituía un espectáculo digno de ver.
    De aquel grupo inicial, denominado “Promoción 92”, que había ingresado a la Escuela Naval, sólo quedaban 35 cadetes de los cuales 34 estaban listos para zarpar. El restante se uniría durante el viaje.
    La revista “Rumbo al Mar”, elaborada por la promoción, había registrado la personalidad de cada uno, a modo de recuerdo del paso por la Escuela.
    La tradición dictaba que cada promoción asumiera una estirpe al ingreso a la Escuela Naval, donde los cadetes o estudiantes del último año, transmitían su impronta a los recién ingresados o bisoños. El legado incluía cánticos y ritos que fortalecían el espíritu de cuerpo y el compañerismo. El vínculo forjado era tan fuerte que prometía perdurar toda la vida y el viaje entrelazaba aún más sus destinos.
    El momento crucial se acercaba; la Fragata Libertad estaba a punto de dejar el muelle de la Dársena Norte del puerto de Buenos Aires,.
    Odiseo tuvo la oportunidad de saludar a su familia y amigos, que se habían congregado para despedirlo, sintiendo una mezcla de nostalgia y alegría. Para Odiseo, el viaje no sólo era el último paso que debía dar para transformarse en Guardiamarina, sino la entrada simbólica en la adultez, en su independencia y seguir el destino elegido para su vida. 
     
    En ese instante decisivo, se presentaba ante él un horizonte sin límites, donde el océano lo esperaba con sus misterios, prometiendo grandes descubrimientos. 
     
    Así, a las  15:30 horas de ese día, después de que el Presidente Dr. Arturo Illia los despidiera, la fragata soltó amarras y lentamente se alejó de Buenos Aires, acompañada de lanchas y veleros que navegaban a su alrededor.
    Comenzaba el viaje esperado por Odiseo y sus compañeros, atravesarían el océano Atlántico, el mar del Caribe, el océano Pacífico, el mar de la China, el océano Indico, el mar Arábigo, el mar Rojo, el mar Mediterraneo y nuevamente el océano Atlántico, para regresar a Buenos Aires, después de haber dado una vuelta completa al mundo, de este a oeste.
    Un viaje de siete meses de duración, visitando los siguientes países: Brasil (Recife); Estados Unidos  (San Juan de Puerto Rico); Panamá (Rodman); Méjico (Acapulco); Estados Unidos (Los Angeles);  Estados Unidos (Honolulu); Japón (Tokyo);  Taiwan (Keelung); Filipinas (Manila); Tailandia (Bangkok); Egipto (Alejandria);  Italia (Génova);  Francia (Marsella); España (Cadiz) y Senegal (Dakar).
    Su madre cumpliría años al día siguiente y el se lamentaba porque no la iba acompañar. Esta fue la primer señal que recibió de que sus obligaciones pasaban a ocupar un primer plano en su vida.