Despues de dedicarse a las tareas de rutina de abordo, Odiseo se preparó para concurrir a la recepción que ofrecería la Armada Americana a bordo del buque Topeka.
La mesa estaba dispuesta con una cena ligera, que aunque agradable, era solo un preludio de lo que estaba por venir. En en el Club de Oficiales, dentro de la base, lo esperaba la verdadera fiesta. Allí, en medio de charlas, Odiseo conoció a Judy. Era una joven americana, encantadora, con rulos que caían en cascada sobre sus hombros y unos ojos que brillaban como estrellas. Puso a prueba, su conocimiento más teórico que práctico del inglés que había aprendido y las palabras fluyeron entre ellos con una naturalidad sorprendente. Ella parecía adivinar cada frase que él pronunciaba, con una amabilidad que desarmaba cualquier torpeza idiomática, de su parte.
Después de compartir historias y miradas cómplices, Odiseo invitó a Judy a conocer la Fragata Libertad, su hogar. Deseaba no sólo, mostrarle el barco, sino también que ambos se conocieran un poco más. La respuesta de Judy fue una sonrisa radiante que iluminó su corazón.
El encuentro se extendió hasta bien entrada la medianoche, luego concurrieron hasta un rincón escondido de Long Beach, donde compartieron algo que podría llamarse pizza; una bocado simple pero, perfecto para sellar la noche.
A su regreso a la Fragata, estaba exhausto pero al mismo tiempo, feliz por cada instante vivido.
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