Acapulco, 13 de mayo

La salida del sol lo sorprendía a Odiseo, cubriendo la guardia en el puente de navegación, mientras se iluminaban las aguas de la Bahia de Acapulco, como si fueran un espejo.

A medida que la fragata se acercaba al puerto, el estruendo de las 21 salvas de saludo resonó en el aire, despertando a la Base Naval Mexicana quien no tardó en responder con otras tantas. 

Odiseo observaba cómo una tortuga marina emergía entre las aguas cristalinas y también la aleta movediza de un tiburón, como si la naturaleza misma les estuviera dando la bienvenida. 

Al llegar al fondeadero en el medio de la bahía, se encontró rodeado de modernos hoteles que se extendían a lo largo de la playa, entre frondosas palmeras.

La Fragata había despertado la curiosidad de yates y lanchas deportivas que giraban a su alrededor, mientras sus tripulaciones preguntaban con curiosidad, desde donde veníamos. 

A la tarde, el embajador argentino Silvano Santunez subió a bordo, para darles la bienvenida y también hizo lo mismo un Almirante mexicano, que era el Comandante del Octavo Distrito Naval.

Conforme el sol se ocultaba en el horizonte, las guirnaldas del buque, que iban de un mastil a otro, comenzaban a brillar como estrellas en el firmamento y producían una visión mágica sobre las aguas de la bahía. 

Con la expectativa de pisar el suelo mejicano al día siguiente, finalizó esa jornada. 

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