Odiseo despertó en su último día en California con el corazón lleno de expectativas. La mañana se presentaba radiante y decidió aprovecharla para dirigirse al Naval Exchange, una tienda dentro de la Base Naval.
Por la tarde, junto a su amigo Norberto, recorrieron el centro de Los Ángeles. La ciudad se alzaba ante ellos con sus edificios blancos y rascacielos que se perdían en las alturas. La modernidad se encontraba a vuelta de cada esquina, donde la Universidad de California (UCLA) parecía un monumento al conocimiento.
Al regresar, se encontró que la Fragata estaba invadida por una multitud de visitantes. A las siete de la tarde, mientras buscaba a Judy por la popa, ella apareció por la planchada de proa. Así eran sus encuentros: inesperados pero cálidos. Esta vez, llegó a bordo de un Chevy 65 descapotable, un auto que parecía sacado de una película antigua. Con una sonrisa radiante, ella lo invitó a la marina donde tenía su bote. Sin dudarlo, él aceptó, emocionado.
Una vez a bordo del barco de Judy, la música los envolvió, mientras las bebidas refrescaban sus cuerpos. De repente, Odiseo se sintió inmerso en el estilo de vida americano; la experiencia era tan surrealista que se preguntaba si no estaría soñando. Las palabras fluían entre ellos con naturalidad; el idioma no era un obstáculo para que sus corazones latieran al unísono. Cada risa y cada mirada cómplice los acercaba, sin límite.
Judy compartía sus sueños mientras Odiseo le relataba su vida en Buenos Aires. El océano que los separaba, desaparecía en ese instante, como si fuera un milagro.
Se había iniciado una relación, que continuaría a través del tiempo, incluso después de su regreso al pais.
Esa era su última noche en Los Ángeles, él se durmió mientras su corazón latía agitadamente, pensando que su experiencia iba a trascender en su vida.
Leave a Reply