Con sus velas desplegadas la Fragata Libertad se aproximaba a las islas de Hawaii, estratégicamente ubicadas en el Pacífico, próximas al trópico de Cáncer. Estas islas constituyen una parada obligatoria para los veleros que cruzan el océano.
En la bahia de Honolulú, la fragata había arriado sus velas y la tripulación ocupaba sus puestos de honor. Se acercaba lentamente al muelle, donde un inesperado espectáculo se desarrollaba. Unas bailarinas originarias de la tribu Kanaka Mali, lucían sus trajes indígenas y bailaban bajo la cadencia del hula. Sus cabellos negros, adornados con flores blancas, mientras sus cuerpos fluían al son del ukelele y del tambor. Era el ritual de bienvenida «aloha» una manifestación de su cultura ancestral. También un canto a la relación del hombre con la naturaleza.
Un espectáculo, extraño a nuestras costumbres, que atrapaba la atención y que anunciaba una agradable estadía en esas islas.
Las autoridades locales embarcaron con aire protocolar. A continuación lo hicieron las sonrientes bailarinas, quienes le colocaron a Odiseo un collar de flores, de pequeñas orquídeas y gardenias, como muestra de su hospitalidad.
Por último, embarcó un compañero de la Marina. Había cursado cuatro años en la Escuela Naval de Annapolis y desde entonces no se veían.
En la memoria de Odiseo estaba grabado el sorpresivo ataque de Japón sobre la flota americana amarrada en Pearl Harbour, a fines de 1941. El bombardeo anunció la incorporacion de Japón al eje y tuvo sus consecuencias cuatro años más tarde. Estados Unidos detonó en 1945, dos bombas atómicas, sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Las dos ciudades arrasadas por el poder nuclear, diezmaron a la población civil, degradaron la dignidad humana y enlutaron al mundo. La magnitud de la catástrofe se transformó en un límite mundial para la utilización de armas nucleares, que hasta ahora, fue respetado y nunca más se volvieron a emplear.

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